Por Carlos Santiago Medina
Amar duele porque amar implica entrega. No es solo la alegría del vínculo, sino también la vulnerabilidad que viene con él. Nos duele cuando nos aferramos a la idea de que el amor debe ser correspondido de cierta manera, cuando creemos que podemos moldear a otra persona según nuestras necesidades. Pero el amor no es posesión, ni garantía de reciprocidad en la forma en que esperamos.
Las desilusiones y decepciones surgen cuando el amor se mezcla con expectativas rígidas, cuando esperamos que alguien sea exactamente como lo imaginamos, en lugar de aceptarlo como es. ¿Cuántas veces el dolor no viene de la falta de amor, sino de nuestra resistencia a soltar lo que pensamos que debía ser?
Pero si el amor duele, también nos recuerda que estamos vivos, que hemos sentido profundamente. Es cierto que, cuando no hay amor, no hay sufrimiento, pero tampoco hay conexión, aprendizaje ni crecimiento. Entonces, el desafío es amar sin perderse en las expectativas, sin creer que el otro nos pertenece, sin condicionar el amor a nuestras reglas internas.
Quizás el verdadero amor no sea aquel que no duele, sino aquel que nos enseña. Nos invita a aceptar sin exigir, a soltar sin rencor y a valorar lo que es en lugar de lamentar lo que no pudo ser.

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